Para innovar en la ciencia no basta con utilizar la parte racional de la mente
Para innovar en la ciencia no basta con utilizar la parte racional de la mente; también es necesaria, y sobre todo, la denominada parte «irracional». Se ha inducido en la población una idea distorsionada de la ciencia, identificándola exclusivamente con el pensamiento analítico-racional y generando desconfianza hacia el pensamiento sintético-intuitivo y sus productos característicos: las hipótesis innovadoras.
La formulación de nuevas hipótesis y de verdaderas innovaciones ha quedado relegada a una minoría muy reducida de científicos dotados de destacadas capacidades sintético-intuitivas y del valor de ir contracorriente. De este modo se contradice uno de los principios fundamentales de la ciencia experimental moderna: ninguna hipótesis debería descartarse de antemano, antes de haber comprobado su validez mediante observaciones empíricas adecuadas.
En el mundo contemporáneo asistimos a censuras preventivas que se niegan a considerar algunos tipos de hipótesis, como las relativas a las medicinas complementarias, las técnicas mente-cuerpo, la espiritualidad y, naturalmente, la visión sistémica del ser humano, traicionando así el espíritu originario del método científico moderno.
«El paisaje final nunca es visible desde el punto de partida», como afirmó Albert Fert, premio Nobel de Física de 2007. Lo que a las autoridades les cuesta reconocer, en su esfuerzo de racionalización, es que los grandes descubrimientos son, ante todo, fruto de una exploración bastante aleatoria y de apuestas sobre el interés de uno u otro fenómeno. La historia de la ciencia es categórica en este punto: los grandes avances surgen con mayor frecuencia de lugares imprevisibles. Como señala Eduard Brézin, antiguo presidente de la Académie des Sciences, «no inventamos la bombilla tratando de mejorar la vela».
El científico no debería limitarse a perfeccionar las hipótesis de otros ni a partir siempre de paradigmas consolidados: debería estar dispuesto, cuando sea necesario, a cuestionar esas hipótesis y formular otras nuevas.
Para innovar en la ciencia no basta con recurrir a la parte racional de la mente, sino que también —y especialmente— es necesaria la llamada parte «irracional»: cada nueva hipótesis procede, en efecto, de lo desconocido, a lo que la racionalidad no puede acceder por sí sola. Para «captar» una nueva hipótesis es preciso recurrir a procesos mentales pertenecientes a la esfera de lo irracional, de la inducción y de la analogía.
No se pueden recorrer caminos nuevos con mapas antiguos. A falta de mapas actualizados, es necesario confiar en la intuición y comprobar después, mediante la experimentación, la validez de lo intuido, en lugar de juzgarlo de antemano y descartarlo apresuradamente a partir de teorías que, por muy reconocidas que estén, no saben nada de ese mundo nuevo, de esas nuevas dimensiones, cuya existencia a menudo incluso niegan.
En esta aventura hacia lo desconocido, el místico va a veces más lejos que el científico, como muestra la afirmación de san Juan de la Cruz citada en el texto original:
«Para llegar al lugar que no conoces, has de tomar el camino que no conoces».
Contexto del texto original: Máster de Medicina Integrada, Universidad Guglielmo Marconi.
Traducción del artículo italiano publicado en febrero de 2023. Las afirmaciones expresan la reflexión del autor sobre la creatividad científica; no constituyen recomendaciones clínicas.
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