Traducción fiel del texto italiano publicado en 2022. Reflexión de carácter cultural y filosófico.
La muerte, como la vida y lo divino, no son conceptos abstractos. Hay una región recóndita de nuestro corazón, en los confines de los territorios de nuestra mente, donde la realidad, los sueños, las expectativas y los recuerdos viven en un presente sin tiempo, mezclándose con los recuerdos de los días felices y el sufrimiento cotidiano.
En la época de los algoritmos, de la razón que oscurece el sentimiento y del repulsivo transhumanismo, vacilamos ante ciertos umbrales especiales y no encontramos el valor para atravesarlos.

«No es verdad que los muertos no hablen; somos nosotros quienes hemos olvidado cómo escucharlos», nos recordaba Pier Paolo Pasolini. En el silencio y el recogimiento conseguimos abrirnos y «sentir» a las personas que hemos amado, que aún están con nosotros, en los rincones inextricables de nuestro inconsciente y, por tanto, fuera del tiempo y del espacio.
Están allí para contarnos lo que vendrá, en un tiempo en que las fuerzas superiores y las inferiores volverán a reunirse, mostrándonos plenamente la ilusión de nuestra conciencia.